Cuando Dios nos desafía a levantar campamento y abandonar la seguridad y la comodidad del estatus

Nuestra inseguridad e indecisión podrían solo concentrarse en lo más oscuro del desafío y sumergirnos nuevamente en una culpa negativa.

"Hay momentos que pensamos que Dios ya no está con nosotros.

Nos fijamos en todo lo que hemos hecho por el bien de nuestra fe y llegamos a la conclusión de que no valió la pena

Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová, El pueblo que él escogió como heredad para sí.

Salmos 33:12

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.

Efesios 2:8-9

Pocas cosas hay tan importantes en la vida como saber quiénes somos.

Dios nos hizo de una manera única y quiere que vivamos de una manera única.

Una vida cristiana práctica

       Las oficinas estaban atestadas de público. Una mujer anciana hacía fila. Al igual que los demás, esperaba turno para cancelar el valor de los impuestos. El calor era insoportable, los minutos eternos y el tic, tic, tic de los computadores tornaban pesado el ambiente a aquella hora de la mañana. Parecía que nunca llegarían adelante. El hombre mira hacia atrás, distraídamente. La mujer de edad en espera, varios metros atrás. La llama, le cede el puesto y pasa a ocupar ese lugar. Confirió la oportunidad que tenía de salir pronto del lugar.

Camino del trabajo, el hombre que iba unos metros adelante da un traspiés y rueda por el suelo. Los documentos que lleva dentro de la maleta se esparcen. Quien va detrás se detiene. Se inclina. Le ayuda. No se para hasta que terminan de recoger el último papel. Luego con una sonrisa responde a las expresiones de agradecimiento. "No tenga cuidado", le dice, y se aleja.

El restaurante a esa hora de mediodía luce vacío. La mujer está consumiendo sus alimentos. Debe regresar pronto a su lugar de trabajo. Sigue masticando despacio pero, en el momento en que dirige su mirada hacia las ventanas que dan a la calle, ve a un niño que mira a los comensales. No necesita mucho análisis para percatarse de que se trata de un mendigo. Interrumpe la alimentación y sale. Le invita a entrar. El muchacho se niega. Ella entonces compra un almuerzo, debidamente empacado, se lo lleva y –ahí si—prosigue con la comida.

Los tres vivenciaron a Cristo en escenas totalmente diferentes. Su fe no es muerta. No está escrita en papel únicamente. Es real. Se puede percibir. Predican a Dios con hechos más que con palabras. Sus acciones honran el evangelio. No van en detrimento de la predicación como sí ocurre con quienes recitan versículos bíblicos de memoria pero, cuando llega el momento de ponerlos en práctica, aplican la enseñanza a su conveniencia.

Una vida práctica

La vida cristiana debe ser práctica. Ese es nuestro compromiso. Las palabras son bonitas pero si no se tornan realidad en nuestros pensamientos y actuaciones, de nada sirven. Cristo era hechos no palabras. Sus seguidores debemos testimoniar la fe con nuestro desenvolvimiento. Algunos creyentes de Roma, en el primer siglo, hacían tangibles sus convicciones. Esa razón llevó a que Pablo les escribiera: "Ante todo, le doy gracias a Dios por todos ustedes por medio de Jesucristo. Todo el mundo habla de la fe que ustedes tienen." (Romanos 1:8. Nuevo Testamento: la Palabra de Dios para todos).

Es hora de revisar su existencia. ¿Obra en consonancia con aquellas convicciones de fe que profesa? Es probable que haya una enorme brecha entre lo que predica y lo que hace. ¿Qué hacer? Aplicar correctivos y pedir la ayuda del Señor Jesucristo para revitalizar su testimonio de vida. Sólo de esta manera podremos impactar al mundo. Si seguimos como hasta ahora, antes que motivar a la fe estaremos desencadenando deserciones y muchos jamás querrán emprender el camino con Dios.

Su vida puede ser transformada hoy

"!Qué tan diferente soy de cómo era en otros tiempos!" reflexionó cuando regresó al barrio en el que creció, estableció lazos de amistad, se vio inmerso en la fármaco dependencia hasta finalmente concluir su ciclo juvenil en una cárcel, acusado de robo y lesiones personales.

Ahora, con siete años más, tenía otras aspiraciones y metas diferentes. Para ser sincero, llevaba un buen tiempo sin volver a ese conjunto de casas tristes, inmensas y deterioradas. Y si lo hizo fue con el propósito de reencontrarse con aquellos que un día le acompañaron en su desorden moral, espiritual y personal en todos los órdenes.

Algo curioso: no se acordaban de él. En cierta medida tenían razón. No usaba el pelo largo ni la barba que por años le identificaron. Tampoco estaba delgado. Sí, definitivamente tenía otra apariencia. También su forma de pensar y de actuar.

El cambio ocurrió años antes cuando estaba en una celda. Un domingo, cuando generalmente nadie iba a visitarlo porque sus amigos se fueron y la familia no quiso saber más de quien se había convertido en la "oveja negra". Ese día un predicador le compartió sobre el evangelio transformador de Jesucristo. En un principio quiso restarle atención a la insistencia con la que el hombre le hablaba de la Biblia. Luego se resigno, al fin y al cabo quería dialogar sobre algo con alguien. Finalmente lo embargó la emoción de encontrar un camino a una vida diferente.

Piénselo: usted puede cambiar

¿Qué lo llevó a cambiar? Abrirle el corazón a Jesucristo. Inmediatamente comenzaron los ajustes en su existencia. Tomó forma la recomendación del apóstol Pablo: "No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta" (Romanos 12:2).

Todo ser humano tiene enfrente una oportunidad diferente. Su ser puede experimentar la transformación de Jesucristo. El está esperando por su decisión. No depende de Dios, sino de cada quien. No presionará para emprenda ese sendero distinto de vida y realización, tanto personal como espiritual. Pero lo que sí puedo asegurarle es que si toma la determinación de recibir al Señor Jesús en su corazón...¡Todo será diferente desde ahora!

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